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Un estudio sobre cultura juvenil en la UNAM muestra cómo los estudiantes se relacionan y crean cultura dentro y fuera del aula, rompiendo barreras.
Para quienes cursan el bachillerato en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la cultura no se reduce a auditorios, bibliotecas o salas de conferencias. Está en los pasillos, en las bancas, en las canchas, en los muros intervenidos, en los memes, en los grupos de WhatsApp y en las conversaciones que surgen entre clases. En pocas palabras, la cultura habita su vida diaria.
Esta mirada se recoge en el estudio ”Cultura, ¿qué es, dónde vive y cómo se consume?”, una investigación socioantropológica que explora cómo las juventudes preparatorianas y ceceacheras conciben, practican y se relacionan con la cultura dentro y fuera de la escuela.
El estudio, impulsado por la Cátedra Internacional Inés Amor en Gestión y Políticas Culturales de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM (CulturaUNAM), en colaboración con la Escuela Nacional Preparatoria (ENP), el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) y Fundación UNAM A.C., marca un precedente: es la primera investigación de carácter socioantropológico enfocada en el consumo cultural entre estudiantes de bachillerato.
La investigación fue realizada por Bitácora Social, organización especializada en análisis antropológico a profundidad, con el objetivo de comprender cómo la comunidad estudiantil se acerca a la cultura, qué significa para ella y qué espera de la oferta cultural institucional.
Para responder a estas preguntas, se diseñó una metodología antropológica y etnográfica basada en la convivencia directa con las y los estudiantes en sus espacios cotidianos. El trabajo incluyó 70 entrevistas semiestructuradas, un cuestionario digital aplicado a 2 mil 940 estudiantes, 14 registros etnográficos en planteles y 10 conversaciones con docentes y personas dedicadas a la promoción cultural.
El estudio se aplicó a 2 mil 490 estudiantes de los 14 planteles de bachillerato de la UNAM: 9 de la ENP, con la participación de mil 890 estudiantes y 5 del CCH, donde se entrevistó a mil 050 personas. En el total de la muestra participaron 49.7% de hombres y 47.2% de mujeres.
Uno de los hallazgos centrales es que las y los estudiantes perciben la cultura, por un lado, como un espacio restringido, asociado a prácticas que requieren conocimientos previos. En esta visión, la cultura se vincula con expresiones como la música sinfónica, el teatro, la literatura o el patrimonio histórico, que se observan con cierta distancia, como si no fueran para cualquiera.
En este contexto, 26.35% de las personas encuestadas asocia la cultura con identidad y comunidad, mientras que 26.01% la relaciona con tradición y costumbres. La oferta cultural institucional se percibe como codificada y lejana, con formatos “institucionalizados” que pueden resultar poco accesibles o incluso elitistas.
Al mismo tiempo, el estudiantado deja claro que la cultura no sólo sucede en espacios formales. Para ellas y ellos, está presente en los pasillos, en los pastos donde se reúnen a platicar, en los muros donde aparecen carteles con poemas propios, en las redes sociales y en el intercambio constante entre pares.
El ámbito digital ocupa un lugar clave en este ecosistema. No se trata únicamente de una herramienta de comunicación, sino de un territorio donde se crean vínculos, se expresan ideas y se construyen sentidos culturales.
El estudio también identifica las principales barreras para acercarse a las actividades culturales organizadas por las instituciones. La movilidad es uno de los factores más relevantes: 39.76% de las personas encuestadas señala la distancia y el transporte como los principales impedimentos, especialmente para asistir a actividades en el Centro Cultural Universitario en Ciudad Universitaria.
A esto se suma la falta de tiempo, mencionada por 37.23%. Como consecuencia, 51.3% de las y los estudiantes afirma que asiste rara vez o sólo de vez en cuando a eventos culturales programados. La cultura institucional, más que una rutina, aparece como un interés ocasional.
A diferencia de generaciones anteriores, la juventud actual no concibe la cultura como algo distante o normativo. La ve como un espacio donde puede construir el presente que está viviendo. No se conforma con consumir: quiere participar, apropiarse, proponer y experimentar.
Para esta generación, la cultura no es un producto terminado, sino una experiencia viva, flexible y en constante resignificación. Coinciden en que no todo lo cultural tiene que ser solemne o trascendental; también puede ser ligero, cotidiano y cercano.
A partir de estos resultados, CulturaUNAM plantea la necesidad de transitar de una lógica de cultura impartida a una de cultura compartida. El estudio subraya el potencial de la UNAM como agente transformador si logra escuchar y acompañar los procesos culturales que ya existen en su comunidad estudiantil.
Normalizar la cultura como parte de la experiencia diaria del bachillerato, activar distintos espacios como puntos de encuentro cultural, facilitar la participación estudiantil desde la autogestión y diseñar estrategias de comunicación acordes con los lenguajes y tiempos de estas generaciones aparecen como rutas clave.
Más que llevar la cultura a las juventudes, el reto es reconocer que ya está ahí: viva, en movimiento y construida todos los días en los espacios que ellas y ellos habitan.